

Con Ignacio Conese nos conocemos hace años; una amistad alineada directamente con el hacer artístico, forjada en birras, cigarrillos, algo de ruta e infinitas charlas.
2019: editamos un álbum en mi estudio— ‘Weit Vom Meer’ —tiempo que recuerdo como un encierro de meses con un clima hipnótico que marcó el ritmo de nuestro trabajo en conjunto.
Las fotos de Ignacio transmiten eso, un clima meditativo, pero tienen una cuota cruda, áspera. Imágenes analógicas, explotadas, disparadas al paso y casi a ciegas. Tienen grano, se rompen, te adentran en una extraña sinestesia.
Por ahí fuimos con su nuevo trabajo: VÓRTICE. Un cul-de-sac de desasosiego, donde el color ha desaparecido y todo gira en sí mismo.


2025: con VÓRTICE pasó algo similar a con Weit Vom Meer. No buscaba al artista, aparecía la obviedad: “tiene que ser Ignacio”.
Aceptó sin ver mi propuesta curatorial. Yo confié sin ver sus fotos. El placer de compartir lo que nos gusta.
Pintamos la pared de negro, la tipografía roja, un gore de los 80. Fotos gigantes, sin marco, papel puro para que la mente complete el abismo.


«Si el vacío es un abismo, el vórtice es la energía que lo habita: un tirón invisible de oscuridad revelada, una especie de danza destructiva que te sugiere entrar».
— Ignacio Conese.


A continuación la galería de imágenes de lo acontecido en el evento de presentación:





























































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